2 de marzo de 2026

EDUCAR EN LA MISERICORDIA

 

La parábola del fariseo y del publicano (Lc 18,9-14), para nosotros educadores y evangelizadores, no es simplemente un relato moral sobre la soberbia y la humildad, sino una revelación profunda sobre cómo Dios sale a nuestro encuentro y sobre cómo estamos llamados a transmitir esta experiencia transformadora.

 

La fe como llamada a una relación de misericordia

Cuando el fariseo sube al templo, lleva consigo una imagen de Dios construida a su propia medida: un Dios que registra méritos y deméritos, que premia a los justos y condena a los pecadores. Su oración es una comparación con los demás: «Te doy gracias porque no soy como los otros hombres». Falta una relación auténtica. Solo hay autocomplacencia.

El publicano, en cambio, entra en el templo consciente de su propia indignidad. Su «Oh Dios, ten piedad de mí, que soy pecador» no es desesperación, sino la apertura valiente a una relación posible precisamente porque está fundada en la misericordia. Él intuye lo que el fariseo ha perdido: Dios no es un juez, sino un Padre que espera el regreso de los hijos lejanos.

Para nosotros educadores, esta distinción es fundamental. ¿Cuántas veces, inconscientemente, transmitimos una imagen de Dios más parecida a la del fariseo? ¿Un Dios que observa, evalúa, premia o castiga según nuestras prestaciones espirituales? La educación en la fe favorece el encuentro con la misericordia, una experiencia en la que descubrimos que somos amados porque somos hijos amados incluso en nuestra fragilidad.

Evangelizar significa introducir a las personas en esta relación misericordiosa, porque Dios no espera nuestra perfección para amarnos, sino que precisamente en nuestra pobreza manifiesta la riqueza de su amor. Esta es la buena noticia que debemos anunciar: una relación que transforma desde dentro.

 

Una relación que nace de la humildad del corazón

La humildad del publicano es la condición que hace posible el encuentro con Dios. Permaneciendo «a distancia» y «sin atreverse siquiera a levantar los ojos al cielo», reconoce la desproporción infinita entre la santidad de Dios y su propia miseria, pero también confía en que precisamente este Dios santo se inclina hacia quien se reconoce necesitado.

En cambio, la oración del fariseo está llena de «yo»: «Yo ayuno», «Yo doy el diezmo». Ha construido su identidad religiosa sobre la afirmación de sí mismo, sobre la comparación con los demás, sobre la demostración de sus obras. Se siente ya lleno, ya llegado, ya justo.

En el ámbito educativo y evangelizador, la humildad del corazón es la capacidad de reconocerse constantemente necesitados de salvación, de no dar nunca por supuesto el propio vínculo con Dios, de mantenerse abiertos al don de su gracia. Es la actitud de quien sabe que la vida cristiana no es una posesión adquirida de una vez para siempre, sino un camino cotidiano en el que uno se deja moldear por la misericordia divina.

Como educadores, estamos llamados a testimoniar primero esta humildad, reconociendo nuestros límites, nuestras fragilidades, nuestra continua necesidad de conversión. Solo así nos volvemos creíbles y creamos espacios en los que también los demás puedan quitarse las máscaras y presentarse ante Dios tal como son.

 

Ser pecadores amados y perdonados

La conclusión de la parábola es desconcertante: «Este, a diferencia del otro, volvió a su casa justificado». El publicano, que no tenía nada que presentar salvo su propia miseria, lo recibe todo. El fariseo, que tenía mucho que exhibir, permanece en su estéril ilusión.

Dios no justifica a quien se cree justo, sino a quien se reconoce pecador. No llena a quien está lleno, sino a quien está vacío. No se encuentra con quien no siente necesidad, sino con quien implora curación. Es la paradoja evangélica: somos salvados porque, a pesar de nuestro ser pecadores, más grande es la misericordia de Dios.

En la educación religiosa contemporánea, la parábola nos indica que cuando reconocemos el pecado nos abrimos a la gracia que transforma. El pecado no nos aplasta.

Ser pecadores amados y perdonados no es un estado de inferioridad, sino la condición propia del cristiano. Es la identidad que nos permite vivir en libertad, sin fingir ser perfectos, sin esconder nuestras caídas, sin construir fachadas de respetabilidad. Es la conciencia de que el fundamento de nuestra vida no está en lo que hemos hecho, sino en lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nosotros.

 

Testigos de la misericordia de Dios vivida personalmente

El publicano que vuelve a casa justificado se convierte inevitablemente en un testigo. No puede callar la experiencia de haber sido acogido, perdonado, levantado. Su vida hablará de esa misericordia que lo ha transformado.

Y aquí se juega la verdadera evangelización. No anunciamos teorías abstractas sobre la misericordia de Dios, sino que damos testimonio de una experiencia personal. Hablamos de un perdón que hemos recibido, de un amor que nos ha buscado y encontrado, de una relación que ha dado sentido a nuestra existencia.

Para quien trabaja en el ámbito de la educación y la evangelización, esto significa ante todo cultivar la propia vida espiritual como experiencia viva de esta misericordia. Antes de ser maestros, debemos ser discípulos; antes de enseñar, debemos aprender; antes de dar, debemos recibir. La credibilidad de nuestro anuncio se mide por la verdad de nuestra experiencia.

Además, significa crear contextos educativos en los que las personas puedan vivir esta misma experiencia. No ambientes de juicio, sino de acogida; no lugares donde haya que demostrar méritos, sino espacios donde se pueda reconocer la fragilidad; no estructuras donde se adquieren competencias religiosas, sino comunidades donde se experimenta la ternura de Dios.

La parábola del fariseo y del publicano nos recuerda que la educación en la fe es esencialmente una introducción a una relación: la relación con un Dios que nos ama con amor misericordioso, que siempre nos espera, que siempre nos perdona, que hace de nuestra pobreza el lugar de su encuentro con nosotros.

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